El impacto social de la sororidad

Quiero agradecer a World Women Talent System por invitarme a presentar el tema “Dimensiones de la sororidad y su impacto social”, en el marco de la campaña mundial del Pacto de la Sororidad.

Participar en este espacio fue especialmente significativo, no solo por el alcance global de la iniciativa, sino por la claridad con la que este grupo comprende la sororidad: no como un gesto simbólico, sino como una práctica consciente, sostenida y transformadora.

Todos sabemos que practicar la sororidad suena como algo sencillo, pero en la práctica rara vez lo es, debido a que el apoyo entre mujeres no falla en el conflicto, falla cuando aparece el poder y no existe la disposición a redistribuirlo.

Por eso, no basta con comprender las estructuras políticas, sociales o económicas que generan desigualdad. La sororidad exige algo más incómodo: atrevernos a cambiarlas, incluso cuando eso implica revisar privilegios, hábitos y silencios aprendidos.

Según Marcela Lagarde, reconocida feminista mexicana: » La sororidad es una dimensión ética, política y práctica del feminismo contemporáneo”. — («Pacto entre mujeres: Sororidad»). Pero, lo que he descubierto investigando sobre el tema y vivenciándolo de forma práctica es que la sororidad posee una serie de dimensiones propias que existen de forma simultánea y operan todas a la misma vez, por ello propuse comprender la sororidad como un fenómeno en cuatro dimensiones:

1. Dimensión personal

Aunque la sororidad se ve como un concepto de colaboración hacia una «otra» externa, yo creo firmemente que ninguna mujer que no sea la mejor aliada de sí misma puede apoyar a otra. La sororidad empizarrarte con entender y sanar (si corresponde) la relación que cada mujer sostiene consigo misma. Revisar la autoexigencia, la culpa, la comparación constante, y sustituirla por la autolealtad, el empoderamiento y el respeto por una misma, sino la sororidad externa pierde fuerza y coherencia.

2. Dimensión relacional

Esta surge cuando nos relacionamos con otros, cuando nos vinculamos con otras mujeres: a quién pedimos apoyo, a quién acompañamos, pero también cómo identificamos silencios, bloqueos o competencias desleales que suelen normalizarse. Tenemos que cooperar con otras y apoyarse mutuamente, pero también reconocer los obstáculos y tomar acción sobre ellos. Donde no hay reciprocidad no hay sororidad.  Aquí debemos aprender a poner límites claros es la forma correcta de colaborar y relacionarnos con otras mujeres.

3. Dimensión estructural

Todo ser humano opera en una estructura, y nosotras las mujeres solemos operar en muchos casos en estructuras que no están creadas para sostenernos, ni apoyarnos, hablo de estructuras a todos los niveles, desde países, gobiernos, instituciones, barrios, corporaciones, empresas, jerarquías y los espacios de toma de decisiones. Entender cuál es la cultura de las instituciones donde operamos es clave para conocer nuestro proyecto de sororidad.

Y aquí surge una pregunta clave: si en gran medida la sororidad depende de cómo podemos educar en igualdad y derechos, ¿estamos realmente educando para transformar estas estructuras o solamente formando mejor a las mujeres para que logren ascender en ellas y que permanezcan tal cual están?

La presencia femenina en el poder solo tiene sentido si se traduce en cambios reales y duraderos para otras mujeres.

4. Dimensión social

Finalmente quiero expresar el concepto de que la sororidad no termina en la reflexión de quienes somos, como nos relacionamos con otras y las estructuras que nos rodean. La sororidad requiere acción hacia objetivos y ésta es su verdadera dimensión social. Convertir la alianza entre mujeres en  impacto que se traduce en políticas, proyectos, oportunidades y cambios sostenibles.

Sin una acción social concreta, la sororidad corre el riesgo de quedarse  solamente en un discurso.

Una de las ideas centrales que atravesó toda mi presentación en la WWTS fue clara: la sororidad no se delega a organizaciones, campañas o consignas, se ejerce desde el espacio concreto que cada una habita: en nuestra familia, en la empresa donde trabajamos, en la  universidad donde estudiamos, en la comunidad a la que pertenecemos, en las instituciones públicas o privadas con las que interactuamos…

Toda mujer tiene el poder de influir, pero debe entender cuál es el espacio personal al que pertenece y reconocer que sus decisiones diarias grandes y pequeñas contribuyen a que las cosas sigan igual o a que el mundo cambie.

A veces podrán influir solamente creando visibilidad para otras mujeres, citando las contribuciones de otras mujeres con nombre y apellido, ayudando a una mujer a obtener un empleo, compartiendo información que genera poder, poniendo límites claros o deteniendo narrativas injustas hacia otras mujeres cuando nadie más lo hace.

Se dice que los hombres han construido con el paso de los años un «pacto patriarcal» el cual se ha visibilizado en complicidades por situaciones antiéticas e injustas, pero que demuestran la fortaleza de ese pacto que es capaz de generar esa cooperación en escenarios extremos. La aspiración de las mujeres debería ser suscribirse a este pacto de sororidad fuerte, ético y responsable, y lo más importante, pasar del acto  simbólico a la acción concreta, sostenida y transformadora.